Sales
a la calle y encuentras sobre el felpudo una estrella descarriada. Te
pide que por favor la ayudes a volver a su lugar en la galaxia. Es
tan pequeña que ni las enanas blancas notan su ausencia. Solicitas
cortésmente que deje de gimotear como una doncella abandonada. La
estrella se acomoda en el asiento del copiloto y juntos acudís al
observatorio, donde un ilustre astrónomo os ofrece un buen
telescopio. El sheriff os presta su rifle. Bajo el cielo nocturno del
valle oscuro de invierno, localizas las coordenadas, calculas la
ascensión recta y, con el cañón dentro del telescopio, disparas,
lanzando a tu estrella de vuelta a casa. A lo lejos ella parpadea en
un último guiño cómplice.
La niebla llegó puntualmente en el mismo momento en que el corazón de su madre se detenía dentro de la carcasa de su cuerpo. Doce años después, la niebla seguía interponiéndose entre la realidad y él. A veces parecía que podía atravesarla, pero al estirar la voz hacia los objetos, siempre se topaba con palabras confusas, envueltas en niebla. La culpa mostraba su rostro de niebla. La memoria se diluía impregnada entre dedos de niebla. En la boca, siempre un inconfundible sabor a niebla. El relato de su vida era un amargo y borroso camino atravesado por la niebla. Miró los muebles del salón, maltrechos, anticuados; garabatos viejos y apolillados. La Soledad ocupó el pequeño almario que era su cuerpo. Se acomodó entre los límites que le imponía su piel. Lo obligó a arrodillarse. Y de rodillas siguió avanzando a duras penas con sus pies hechos de niebla.
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